El pasado 17 de enero se cumplieron 51 años del fallecimiento del General Gustavo Rojas Pinilla, en el municipio de Melgar (Tolima), a la edad de 74 años.
Más de medio siglo después, su recuerdo no sólo evoca al presidente y al militar nacido en Tunja (Boyacá), sino también al benefactor inesperado que, por un encuentro fortuito, abrió las puertas de la universidad a dos jóvenes provenientes desde las tierras del acordeón, que soñaban con cambiar su destino.
En la primera mitad del siglo XX, Valledupar era un pueblo con noches iluminadas por parrandas, pero carecía de instituciones educativas que otorgaran el título de bachiller.
Ante esta carencia, muchos jóvenes debían trasladarse a otras ciudades para culminar sus estudios segundarios. Entre ellos estaba José Nicolás Daza Diaz y Rafael Enrique Morales Montero, dos amigos inseparables que dejaron atrás las polvorientas calles de su infancia para internarse en las montañas del Líbano (Tolima). En el Instituto Técnico Isidro Parra, entre tableros fríos y amaneceres neblinosos, tejieron una amistad que se volvió tan firme como sus sueños.
El uniforme antes de la «U».
Al finalizar el bachillerato, la meta era la universidad. Pero en la Colombia de mediados del siglo XX, primero había que vestir el uniforme militar.
La alternativa de adquirir la libreta militar de segunda categoría resultaba costosa e inaccesible para sus familias de escasos recursos, por lo cual optaron por presentarse en Bogotá al Batallón de Infantería “Miguel Antonio Caro” y cumplir con el servicio militar obligatorio.
Allí, entre marchas, fusiles y guardias nocturnas, aguardaban la oportunidad de poder estudiar. El eco de la formación militares parecía alejar sus sueños, pero ellos se aferraban a la esperanza de que la disciplina sería su puente hacia la educación con el fin de superarse.
A pocos meses de concluir su servicio militar, solicitaron permiso en el batallón para visitar la Universidad Nacional de Colombia, y realizar su inscripción en dicho claustro académico.
Lo que parecía un trámite rutinario se convirtió en un episodio inédito, porque el destino, les tenía preparada una sorpresa.
Coincidencia histórica.
Ese mismo día, un automóvil oficial se detuvo. Del vehículo descendió el: General Gustavo Rojas Pinilla, quien debía asistir a un acto oficial en el campus universitario, en su calidad de Presidente de la República y Comandante Supremo de las Fuerzas Militares en ese entonces.
Su figura imponía respeto en todo momento y deslumbraba con su uniforme militar.
Observó a los soldados caminar en un pasaje peatonal y los interpeló con voz enérgica:
— ¿Por qué están fuera del batallón y no en sus puestos de guardia?
El soldado José Nicolás Daza, con el corazón acelerado, dio un paso al frente y con voz nerviosa respondió:
— Mi General… estamos aquí porque queremos inscribirnos en la universidad. Nuestro sueño es estudiar cuando terminemos el servicio militar.
El silencio fue denso. El General quedó sorprendido ante aquella respuesta, guardó silencio unos segundos, se llevó la mano al mentón y respondió:
— Los soldados de la Patria no necesitan someterse a trámites de inscripción.
Realizó un movimiento recio con su brazo derecho e impartió la orden:
— Síganme.
Los soldados, obedecieron la orden y siguieron al General camino a la Rectoría, donde fueron presentados al Señor Rector: Julio Cesar García Valencia, quien complacido de tener al Presidente de la República en su despacho, aceptó la sugerencia y admitió a los jóvenes: José Nicolás Daza Diaz en Medicina y Rafael Enrique Morales Montero en Ingeniería Civil.
Así, el servicio militar, lejos de ser un obstáculo, se transformó en la llave dorada que abrió las puertas de la educación superior.
El humor como pasaporte.
Ya admitidos, surgió un nuevo reto: encontrar vivienda.
El campus contaba con residencias estudiantiles administradas por Bienestar Universitario, bajo la dirección del costeño Acosta Bendeck, quien tenía vínculos afectivos con Patillal, tierra de compositores y grandes cuenteros de la tradición Vallenata.
Durante la entrevista, lo miró fijamente desde su escritorio y preguntó a José Nicolás:
— ¿Su apellido Daza es de Patillal? ¿Conoce a Jacobo Daza?
Al confirmar que sí, le exigió con picardía:
— Entonces cuénteme cinco chistes de Jacobo.
Si me hace reír, le concedo el cupo inmediatamente.
José Nicolás, con la chispa heredada de su tierra, relató los chistes uno tras otro.
La oficina se llenó de carcajadas. El director, aun riendo, extendió la mano en señal de aceptación y dijo:
— Bienvenido. Y a su amigo también le otorgo un cupo en la residencia.
El humor costeño se convirtió en pasaporte de residencia para esto jóvenes.
Disciplina y tenacidad.
La historia de estos dos jóvenes muestra cómo la disciplina y la capacidad de aprovechar coyunturas históricas pudieron transformar destinos.
La intervención de Rojas Pinilla y las redes de sociabilidad costeñas fueron decisivas para que José Nicolás Daza Díaz iniciara su formación como médico y Rafael Enrique Morales Montero como Ingeniero Civil en la Universidad Nacional de Colombia.
Así se escribió una página luminosa en la historia de la educación pública colombiana: la de dos provincianos Vallenatos que, con disciplina y la oportunidad, se entrelazaron para lograr convertir obstáculos en oportunidades y sueños en realidades.
Una historia que bien podría convertirse en una canción vallenata, porque mezcla lágrimas y sonrisas; al igual que perseverancia y disciplina; espíritu de superación y sueños de esperanza.
JOSÉ RAFAEL DAZA ARIAS, PhD
Contador público, doctor en ciencias sociales.



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