En Riohacha, donde el mar abraza las orillas y el viento arrastra sal sobre los techos de los barrios, resulta casi incomprensible que la sed gobierne todavía la vida de miles de familias. Frente a la inmensidad azul del Caribe, nuestros niños crecen aprendiendo el lenguaje áspero de la escasez: baldes alineados en las madrugadas, recipientes vacíos esperando el milagro de una gota, hogares enteros obligados a convertir el agua en cálculo, sacrificio y supervivencia.
La sed dejó hace mucho de ser una simple ausencia de agua. Hoy es una sombra que se sienta a la mesa de los pobres, una condena silenciosa que recorre las calles polvorientas de la ciudad y se instala, sobre todo, en la infancia de los sectores más vulnerables.
Durante veintiséis años que se puede prolongar a 50 años, se ha consolidado un modelo de operación del agua y del saneamiento en el que la rentabilidad del operador ha prevalecido sobre la garantía efectiva del derecho humano al agua y al saneamiento. La lógica del negocio terminó desplazando la dignidad de la vida. Y mientras las cifras financieras celebraban balances y utilidades, la sed de nuestros hijos financiaba silenciosamente la rentabilidad de operadores privados.
Las estirpes condenadas a cien años de soledad…
Esta situacion de Riohacha, rememora un eco que llega desde la literatura para iluminar la tragedia de los pueblos, resuenan aquellas palabras finales de Cien años de soledad, cuando Gabriel García Márquez escribió que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.
Los Buendía pasaron un siglo entero repitiendo los mismos errores, los mismos orgullos y las mismas heridas. Cada generación parecía distinta, pero terminaba pareciéndose dolorosamente a la anterior. Los nombres regresaban una y otra vez —Arcadios, Aurelianos— como premonicion de que el destino estuviera atrapado en un círculo imposible de romper.
Y desde el comienzo, Melquíades había dejado escritos sus pergaminos. Allí estaba narrada la historia completa de Macondo y de sus familas y estirpes. Pero nadie los leyó a tiempo. En Riohacha, los administradores públicos tampoco leyeron los pergaminos de Melquíades.
Ese es quizás el espejo más doloroso que hoy se levanta frente a nuestra ciudad. Porque durante veintiséis años han cambiado los nombres de los operadores: primero Aguas de La Guajira, luego ASSA y ahora, tristemente, Aqualia. Tres operadores distintos administrando el mismo esquema fallido. Cambian los contratos, cambian los discursos, cambian los gerentes; pero la herida permanece intacta.
De alcalde en alcalde y de período en período, la historia vuelve a repetirse. Las mismas promesas. Las mismas excusas. Las mismas mesas técnicas. Los mismos informes. Y al final, la misma sed golpeando las puertas de los barrios olvidados.
Nadie quiso leer a tiempo los pergaminos de Melquíades.
Como en Macondo, las administraciones públicas terminaron condenando a las estirpes riohacheras a vivir bajo el reino de la escasez: un servicio sin continuidad, sin presión suficiente y muchas veces sin la calidad necesaria para garantizar una vida saludable y digna. Frente al mar inmenso, nuestras comunidades continúan esperando carrotanques y administrando la sed como si fuera un destino inevitable.
Riohacheros: ha llegado la hora de leer los pergaminos de Melquíades antes de que sea demasiado tarde. Ha llegado el momento de romper el círculo de resignación que durante décadas convirtió la sed en paisaje cotidiano y la precariedad en costumbre administrativa.
Porque el derecho humano al agua no es un asunto MOVIMIENTO meramente técnico, ni una cifra encerrada en balances financieros. El agua es dignidad. El agua es justicia. El agua es memoria colectiva y permanencia histórica.
Desde la tierra donde todos somos hijos del sol y del viento, donde tocamos acordeón sin partituras y donde escribimos relatos sobre cosas que la historia olvidó. Aquí no vivimos el tiempo del círculo donde todo lo que se va regresa igual, por el contrario vivmos el tiempo de la espira aquí la hidalguía no ha muerto sino que regresa transformada. Con el transcurrir de los soles y las lunas estamos aprendiendo una antigua verdad, que sin relatos comunes no hay familia ni comunidad y sin imaginación compartida no tendremos futuro.
En esta latitud donde el mar guarda memorias profundas, Macondo ya no es una analogía literaria sino territorio ético del viento; y donde el desamparo produce palabras, canto y mito.
Hoy en mitad de la dispersión y la desesperanza es imperativo hurgar en nuestros orígenes; para recuperar la capacidad de narrarnos como familia y comunidad para crear nuevos relatos que nos permitan caminar juntos hacia lo posible. Les envío un saludo como quien recibe agua fresca en medio del mediodía con gratitud y cuidado.
FELIPE SANTIAGO RODRÍGUEZ
Comité Cívico por la Dignidad de La Guajira.



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