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¿Por qué atentas contra un sacerdote?

Sacerdote vestido de sotana negra camina entre fieles de su parroquia

13 Lecturas


Pbro. UGOCHUKWU UGWOKE
Sacerdote católico, Instituto Secular Padres de Schoenstatt, Nigeria.

Traducido por: Jose Luis Ropero.

Esta mañana, me encontré con la perturbadora noticia de un joven sacerdote católico (sólo cuatro años de sacerdocio), reverendo padre Alois Cheuiyot Bett, quien fue brutalmente asesinado en un área rural de Kenia, donde él servía como misionero. La noticia rompió mi corazón.

Como misionero, el sacerdote dejó el confort del hogar para servir al evangelio en un lugar que muchos evitarían. Él eligió los pobres. Él abrazó a los olvidados. Él dio su vida para Cristo y su pueblo. ¿Y qué obtuvo a cambio? Una muerte violenta.

[Para los asesinos del sacerdote Alois] ¿Qué gana usted realmente con asesinar un sacerdote? Esta tragedia no es aislada. En Nigeria, mi propio país, los sacerdotes se han convertido en una especie amenazada y están siendo perseguidos sin misericordia. En años recientes, algunos han sido quemados vivos, tiroteados, secuestrados y torturados hasta la muerte. La sangre de los sacerdotes se ha tornado familiar para nuestro suelo.

Pero he aquí el asunto que muchos no entienden: un sacerdote es ya una víctima. Cada sacerdote, desde su ordenación, está forjado a semejanza de Cristo «el Sumo Sacerdote, que se ofrece a sí mismo una vez y para siempre» (Hebreos 7:27).

Por lo tanto, ser un sacerdote es vivir en un constante auto-ofrecimiento, una inmolación en el altar del servicio. De tal modo, que cuando usted [el asesino] mata a un sacerdote, no está terminando una vida; usted está completando un sacrificio. Usted puede haber derramado su sangre, pero él ya la había dado a Dios. Usted puede haber perforado su cuerpo, pero él ya lo había colocado en el altar de sacrificio.

Funeral de un sacerdote católico con su fotografía al frente del ataúd.
Funerales del Padre Alois Cheruiyot Bett, descanse en el Señor.

Un sacerdote muere desde antes que él sea asesinado, por el amor que le convierte en una víctima que se ofrece por los demás. Cuando usted mata un sacerdote, no mata a un hombre con riquezas de plata y oro. Usted mata a un hombre que ligó su destino a los barrios pobres, que alimentó a los niños, que erigió altares donde la esperanza era escasa. Usted asesina un hombre cuya arma es la palabra de Dios y cuyo poder es la plegaria.

¿Entonces qué gana usted? El sacerdote es un puente (Hebreos 5:1), una voz para los que no tienen voz, un padre para los huérfanos, un confesor para los culpables y un siervo para los que sufren. Asesinar un sacerdote es hacer la guerra a la misericordia, es golpear la misma mano que se extiende para levantar a los heridos. Matar un sacerdote es declarar la guerra a la gracia. Pero la gracia siempre se levanta una vez más, como Cristo.

Para aquellos que alzan sus manos contra los sacerdotes, mantengan esto en mente: ustedes pueden asesinar al sacerdote, pero no el sacerdocio. La sangre que hacen derramar fortalece a la Iglesia. El silencio que causan regresará más sonoro que las balas de sus armas. De cada martir, el Señor levantará muchos más. Y el altar nunca estará vacío. Usted puede matar la carne, pero el espíritu del sacrifico vive para siempre. Los sacerdotes podrán caer, pero su misión sobrevivirá a las balas.

Que el alma de este joven sacerdote en Kenia, Padre Alois Cheuiyot Bett, y todos los sacerdotes asesinados a lo largo de África, descansen en la paz de Cristo. Y que sus muertes nos sacuda y despierte, como Iglesia y como sociedad, para defender aquellos que defienden nuestra esperanza y detener este baño de sangre, [los asesinos] no ganan nada con matar a un sacerdote.

Pbro. UGOCHUKWU UGWOKE
Sacerdote católico, Instituto Secular Padres de Schoenstatt, Nigeria.

Traducido por: Jose Luis Ropero.


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