Las democracias contemporáneas atraviesan una crisis cuyas manifestaciones —demagogia, populismo, erosión institucional— revelan una tensión conceptual más profunda: la relación problemática entre lo político como dimensión agonística del conflicto social, y la política como sistema institucional que procura canalizarlo. Esta crisis no se reduce a la irrupción de líderes autoritarios; interroga los fundamentos mismos del orden democrático: ¿cómo garantizar que el conflicto, inherente a toda sociedad plural, no desborde las instituciones hasta destruirlas? ¿Cómo distinguir el disenso legítimo de la confrontación que niega al otro como adversario y lo convierte en enemigo?
En este contexto, resulta pertinente preguntarse: ¿cómo comprender lo político y la política, y qué efectos tiene esta distinción sobre la configuración del Estado? Para responder, se retoman los planteamientos de la politóloga Chantal Mouffe (2014), quien distingue entre lo político y la política. “Lo político hace referencia a la dimensión agónica y antagónica inherente a la vida en sociedad, donde los conflictos, disputas y diferencias son inevitables. La política constituye el conjunto de prácticas e instituciones que, atravesadas por esa dimensión conflictiva, buscan canalizarla y transformarla en mecanismos de negociación, deliberación y garantía de derechos ciudadanos” (pp. 752-755).
Para Charles Tilly (2005) y Étienne Balibar (2017) complementan esta perspectiva desde otros ángulos. Ambos coinciden en la necesidad de «democratizar la democracia», esto es: ampliar la participación política, garantizar el reconocimiento de la diversidad y consolidar la inclusión como principios fundamentales. Sin embargo, esta democratización no puede reducirse a la ampliación formal de derechos; exige revisar los mecanismos de legitimación del poder y las condiciones materiales que hacen posible el ejercicio efectivo de la ciudadanía.
La política es muy seria para dejársela sólo a los políticos1.
Al tiempo, Jürgen Habermas (1994) ofrece una perspectiva alternativa al agonismo de Mouffe. En su análisis de las concepciones democráticas —liberal, republicana y comunicativa—, privilegia esta última: un modelo deliberativo donde las diferencias se tramitan mediante el diálogo racional en la esfera pública. Para Habermas, el conflicto político puede resolverse comunicativamente si existen condiciones institucionales que garanticen la argumentación libre de coerción.
Esta visión contrasta radicalmente con Mouffe: mientras Habermas confía en la posibilidad de consensos racionales, Mouffe considera que esta perspectiva desconoce la irreductibilidad del antagonismo y las relaciones de poder que estructuran toda comunicación. La pregunta que surge es: ¿qué marco resulta más fértil para comprender contextos como el latinoamericano, donde las desigualdades estructurales y las memorias de violencia condicionan tanto el conflicto como la deliberación?
La crisis democrática contemporánea no solo interpela a las instituciones, sino a las formas en que las sociedades asumen el conflicto y construyen poder colectivo. Como advierte Clemenceau —en frase adaptada—: «la política es muy seria para dejársela solo a los políticos». La democracia no es patrimonio de las élites representativas; es un proceso que exige vigilancia, participación y apropiación ciudadana permanente.
El propósito de este ensayo es demostrar que la distinción entre lo político y la política constituye una herramienta analítica potente pero no exenta de limitaciones. Por un lado, permite comprender cómo el conflicto puede fortalecer la democracia cuando encuentra cauces institucionales (agonismo), o erosionarlos cuando se transforma en negación del adversario (antagonismo). Por otro, esta distinción enfrenta riesgos: puede derivar en un determinismo conflictivista que naturalice la confrontación, o en una ingenuidad institucionalista que sobrestime la capacidad de las normas para contener antagonismos estructurales.
Y entonces, ¿qué es la democracia?

Definir la democracia implica enfrentarse a un concepto en permanente disputa. No existe una definición única; coexisten aproximaciones que dependen del tiempo, el contexto y los intereses en conflicto. Desde Atenas hasta la modernidad representativa, el término ha sido objeto de sucesivas reinterpretaciones que han ampliado (formalmente) el demos, pero también han generado nuevas exclusiones.
Por tanto, Norberto Bobbio (2000) define la democracia contemporánea como un conjunto de normas procedimentales para la toma de decisiones colectivas. Esta visión procedimental —que privilegia las reglas del juego sobre los contenidos sustantivos— ha sido dominante en la teoría política liberal. Sin embargo, enfrenta una objeción fundamental: ¿pueden los procedimientos garantizar democracia cuando las condiciones materiales de desigualdad impiden la participación efectiva? La forma democrática sin contenido igualitario puede devenir ficción legitimadora.
No obstante, la tensión entre ideal normativo y práctica efectiva sitúa a lo político como categoría central. Entendido como el espacio de disputa, conflicto y negociación, lo político da lugar a la configuración de la política como conjunto de prácticas institucionalizadas. Robert Dahl (1989) conceptualiza este proceso mediante la poliarquía: un modelo que amplía las oportunidades de participación y control democrático. Sin embargo, incluso la poliarquía —que exige competencia electoral, libertades civiles y pluralismo— puede coexistir con exclusiones estructurales si no se acompaña de igualdad material.
Lo político desbordado: antagonismo y erosión institucional en América Latina.
La confrontación política contemporánea ha transformado el lenguaje en campo de batalla. Lo que Mouffe denomina la “pasión política” —dimensión afectiva constitutiva de lo político— puede articularse democráticamente (agonismo) o destructivamente (antagonismo). El insulto sistemático, los discursos de odio y la desinformación viral no son excesos retóricos: constituyen estrategias de polarización que buscan transformar adversarios en enemigos, erosionando las condiciones de posibilidad del disenso democrático.
Esta dinámica atenta contra ambas concepciones democráticas aquí analizadas: niega la deliberación habermasiana (al impedir el diálogo racional) y pervierte el agonismo de Mouffe (al convertir el conflicto legítimo en negación del otro). Los llamados trolls digitales funcionan como multiplicadores de estas narrativas, amplificando la polarización afectiva y desplazando el debate público desde la argumentación hacia la confrontación emocional.
En América Latina ofrece un laboratorio privilegiado para observar estas dinámicas. La región ha experimentado múltiples oleadas de populismo y autoritarismo, desde ambos extremos del espectro ideológico. Sin embargo, caracterizar estos fenómenos únicamente como “populistas” o “autoritarios” resulta insuficiente. La pregunta teóricamente relevante es: ¿cuándo lo político —el conflicto legítimo sobre el ordenamiento social— se transforma en antagonismo que niega las bases mismas de la convivencia democrática?
Insulto, ergo sum2.
Siguiendo a Mouffe, el populismo puede ser democrático si construye una “cadena equivalencial” que articula demandas excluidas respetando el pluralismo, o antidemocrático si deriva en la eliminación simbólica (y a veces física) del adversario. Esta distinción es crucial para no caer en el error de equiparar automáticamente “populismo” con “autoritarismo”.
El caso de Javier Milei en Argentina ilustra las tensiones conceptuales aquí planteadas. Su discurso “antisistema” y abiertamente confrontativo construye lo que Mouffe denomina “frontera política”: la división entre un “nosotros” (el pueblo contra la casta) y un “ellos” (la política tradicional corrupta). Esta operación, constitutiva de lo político, resulta problemática cuando el adversario es definido no como oponente legítimo sino como enemigo a eliminar. Milei representa un dilema teórico: ¿estamos ante un líder que canaliza demandas excluidas del sistema político (función democrática del populismo según Laclau y Mouffe), o ante un fenómeno que erosiona las instituciones que hacen posible el disenso? La respuesta no es unívoca.
Su retórica —ejemplificada en símbolos como la motosierra— no solo propone políticas; construye afectivamente un imaginario de destrucción institucional que, en contextos con memorias de violencia reciente (como Colombia), adquiere resonancias siniestras.
La pregunta que emerge es habermasiana: ¿existen condiciones institucionales para tramitar comunicativamente este conflicto, o la degradación del espacio público ha bloqueado irreversiblemente el diálogo? Milei, como Trump antes, capitaliza el desencanto democrático, pero lo hace negando las mediaciones institucionales que hacen posible la democracia.
Aplicando los criterios dahlianos de poliarquía —participación efectiva, accountability, pluralismo— resulta evidente que Venezuela y Nicaragua exhiben déficits institucionales que los sitúan fuera del espectro democrático, independientemente de su autodefinición ideológica de izquierda. En contraste, gobiernos como los de Chile (Boric) o Brasil (Lula en su retorno) mantienen institucionalidad democrática pese a tensiones políticas.
La distinción conceptual relevante no es izquierda/derecha, sino la relación entre lo político y la política: ¿el conflicto encuentra cauces institucionales (agonismo democrático) o desborda las instituciones hasta erosionarlas (antagonismo autoritario)? Esta pregunta permite distinguir entre populismos democráticos —que amplían la esfera pública incorporando voces excluidas— y populismos autoritarios —que capturan las instituciones y suprimen el disenso.
La crisis democrática se profundiza cuando el conflicto político no encuentra mediaciones institucionales. Aquí convergen las preocupaciones de Mouffe y Habermas: para la primera, la ausencia de canales agonísticos legítimos deriva en antagonismo; para el segundo, la ruptura de la comunicación conduce a la violencia. Ambos diagnósticos, desde ángulos distintos, señalan que la política (instituciones) requiere procesar lo político (conflicto) sin negarlo ni sofocarlo.
Cuando las diferencias se tramitan mediante descalificación, criminalización del adversario y violencia simbólica (o física), se vulneran simultáneamente los derechos ciudadanos y las bases institucionales de la convivencia. El Estado de derecho se erosiona no solo por golpes institucionales, sino por la degradación cotidiana del espacio público.
Esta dinámica no es exclusiva de regímenes autoritarios; opera también en democracias formales donde se debilitan los canales de participación efectiva. Cuando los líderes instrumentalizan el malestar social mediante narrativas que dividen entre “pueblo puro” y “élite corrupta” (la frontera política de Mouffe), reducen la democracia a una competencia de relatos antes que a un proceso de construcción colectiva.
Las redes sociales digitales amplifican exponencialmente esta lógica. Operan no como espacios habermasianos de discusión racional, sino como cámaras de eco que refuerzan identidades políticas antagónicas, viralizan desinformación y transforman el debate público en confrontación emocional. El nuevo ecosistema mediático no favorece la deliberación sino la simplificación, la polarización afectiva y la erosión de vínculos sociales.
Las democracias latinoamericanas enfrentan así un doble desafío: resistir las derivas autoritarias que emergen desde dentro, y fortalecer simultáneamente la capacidad institucional (la política) para procesar el conflicto social (lo político) sin negarlo. Esto exige más que elecciones competitivas: requiere construir una cultura política que, como plantea Mouffe, reconozca la legitimidad del adversario y transforme el antagonismo en agonismo.
La pregunta que permanece abierta es: ¿existen condiciones estructurales —dada la desigualdad extrema, la debilidad estatal y las memorias de violencia— para que América Latina transite de democracias formales a democracias sustantivas? La respuesta a esta pregunta define el horizonte político de la región.
Conclusión.
Este ensayo ha explorado la distinción entre lo político —dimensión agonística del conflicto social— y la política —instituciones y procedimientos que lo canalizan— como clave analítica para comprender las crisis democráticas contemporáneas. La tesis sostenida es que esta dualidad no constituye un problema conceptual sino una característica constitutiva de la democracia: su vitalidad depende de cómo las instituciones procesan el conflicto sin negarlo ni sofocarlo.
El análisis de experiencias latinoamericanas recientes —particularmente el caso Milei— ha mostrado que lo político puede fortalecer la democracia cuando encuentra cauces institucionales agonísticos (Mouffe) o deliberativos (Habermas), pero también erosionarla cuando deriva en antagonismo que niega la legitimidad del adversario y bloquea toda posibilidad de comunicación.
Cuando lo político encuentra vías institucionales —mecanismos deliberativos, participativos, de reconocimiento— la democracia se fortalece. El conflicto deviene entonces motor de ampliación democrática: incorpora demandas excluidas, visibiliza injusticias, reconfigura el espacio político. Esta es la apuesta del agonismo democrático: asumir que el conflicto no es patología sino condición de la política.
Sin embargo, cuando estos canales se obstruyen o son capturados por lógicas de poder autoritarios, lo político se desborda. El antagonismo sustituye al agonismo: el adversario deviene enemigo, la diferencia amenaza existencial, y el conflicto deja de ser oportunidad para la negociación. En este escenario, emergen liderazgos que instrumentalizan el descontento mediante fronteras políticas excluyentes, erosionando la legitimidad institucional desde dentro.
La democracia, entonces, no puede reducirse a procedimientos formales. Como advierten Dahl, Mouffe y Balibar desde perspectivas distintas, su significado profundo reside en la capacidad de crear espacios para el desacuerdo legítimo, reconocer la diversidad y construir horizontes comunes sin negar el conflicto.
Esto implica desmontar la concepción elitista de la política como dominio exclusivo de representantes profesionales. La frase que abre este ensayo —“la política es muy seria para dejársela solo a los políticos”— condensa esta idea: la democracia exige vigilancia, participación y apropiación ciudadana permanente. Sin embargo, esta afirmación enfrenta tensiones prácticas: ¿cómo garantizar participación efectiva en sociedades con desigualdades extremas, alfabetización política limitada y ecosistemas mediáticos capturados? La apuesta por la democracia participativa, siendo normativamente deseable, requiere condiciones materiales y simbólicas que en América Latina están lejos de estar garantizadas.
Finalmente, esta reflexión adquiere urgencia particular en América Latina, región atravesada por oleadas cíclicas de populismo y autoritarismo. El discurso de odio, la polarización extrema y la manipulación emocional se han transformado en instrumentos de poder que erosionan los pilares democráticos. Cuando la confrontación política se basa en desinformación, insulto sistemático y construcción de enemigos internos, la democracia deviene imposibilidad: no hay agonismo sin reconocimiento del adversario como legítimo.
La democracia contemporánea, entonces, está constituida por tensiones irreductibles: inclusión/exclusión, diálogo/enfrentamiento, institucionalidad/conflicto. Estas tensiones no son defectos a superar sino características constitutivas de toda sociedad plural. El desafío no consiste en suprimir lo político —el conflicto, la pasión, el antagonismo—, sino en articularlo mediante instituciones políticas que lo canalicen sin negarlo.
Este ensayo ha argumentado que la distinción entre lo político y la política ofrece herramientas analíticas valiosas pero insuficientes. Valiosas porque permiten diagnosticar cuándo el conflicto fortalece o erosiona la democracia. Insuficientes porque requieren complementarse con análisis de las condiciones materiales, las estructuras de desigualdad y las especificidades histórico-culturales de cada contexto.
Para América Latina, la pregunta permanece abierta: ¿pueden democracias formales transformarse en democracias sustantivas cuando las bases socioeconómicas niegan la igualdad que las instituciones prometen? La respuesta define el horizonte político de la región. La democracia, como advirtió Clemenceau en otro contexto, es demasiado seria para dejársela solo a los políticos. Pero también es demasiado compleja para creer que solo la voluntad ciudadana, sin transformaciones estructurales, podrá sostenerla. De esta tensión entre agencia y estructura emerge el desafío democrático del siglo XXI.
JANNER SANJUANELO OBREGÓN
Sociólogo, especialista en Gobierno, maestría en Educación, y aspirante a doctorado en Ciencias Sociales, en Universidad Nacional de La Plata, Argentina.
- La expresión construida por el autor a partir de la célebre frase del político francés Georges Clemenceau (1841-1929): “La guerra es un asunto demasiado importante para dejarla en manos de los militares” (Gómez de Ágreda, 2019, p. 343) ↩︎
- Siegmund Ginzberg (2024), señala un ejemplo de cómo se constituye una anatomía del odio y se refiere al Der Stürmer, un pequeño periódico del sur de Alemania fundado en la década de 1920 por Julius Streicher, quien en ese momento era jefe del Partido Nazi en Franconia. Streicher, descrito como un hombre de baja estatura, calvo y con un característico bigote hitleriano, utilizó este medio como plataforma para difundir propaganda antisemita y mensajes de odio. En sus inicios, el periódico era apenas un folleto de cuatro páginas, sin ilustraciones ni publicidad relevante, pero con el tiempo se convirtió en un instrumento clave de manipulación y polarización ideológica (p.89). ↩︎
Bibliografía.
Applebaum, A. (2021). El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo. Penguin Random House Grupo Editorial, Debate.
Balibar, E. (2017). Democratizar la democracia. En J. Borja, F. Carrión & M. Corti (Eds.), Ciudades resistentes, ciudades posibles (pp. 263–270). Editorial UOC.
Bobbio, N. (2000). El futuro de la democracia. Fondo de Cultura Económica.
Dahl, R. A. (1989). La poliarquía: participación y oposición. Tecnos.
Ginzberg, S. (2024). Síndrome 1933. Gatopardo Ediciones.
Gómez de Ágreda, Á. (2019). Mundo Orwell. Manual de supervivencia para un mundo hiperconectado. Editorial Planeta.
Habermas, J. (1994). Tres modelos de democracia: Sobre el concepto de una política deliberativa. En La inclusión del otro (pp. 231-246). Paidós. (Obra original publicada en 1991).
Ramos, A. H., et al. (2014). Democracia y conflicto en contextos pluralistas: Entrevista con Chantal Mouffe. História, Ciências, Saúde – Manguinhos, 21(2), 749–763.
Tilly, C. (2005). La democratización mediante la lucha. Sociológica, (57), 35–59.



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